Recordando las palabras de mi madre sobre el sexo, me reí... una de las dos estaba equivocada y quería comprobar quien era. Lo que poco que había probado hasta ahora me gustaba y lo que más me asombraba era el poder que puedes llegar a ejercer sobre los hombres, los dominas... por sexo creo que harían cualquier cosa y eso me gustaba y quería más... me excitaba...
Esperaba el momento adecuado para perder la dichosa virginidad... algo que ha mi madre tanto le preocupaba que conservara... pero a mí, me preocupaba lo contrario, conservarla... tenía al candidato perfecto, volvía a ser él. Solo me tocaba esperar a quedarme un fin de semana sola en casa ... quería tener mi entorno como aliado y que él no se sintiera tan cómodo.
Llegó el día en que la casa se quedó para mi sola durante todo un fin de semana... estaba loca de alegría y ansiosa por completar mi iniciación... y comprobar que todo lo que mí madre decía sobre el sexo era mentira.
Llamó al timbre a la ahora acordada. En sus ojos vi un brillo diferente, algo que hasta ahora no había visto en él.
- ¿Estará pensando lo mismo que yo?- reflexioné mientras lo conducía de la mano hacia mi habitación.
Yo realmente no pensaba en exceso, tan solo me dedicaba a sentir esa mezcla de sentimientos y sensaciones que se arremolinaban en mi cuerpo y en mi mente. Entre la excitación y los nervios, una pregunta acechaba en mi mente.
-¿Será novato como yo?-
No me atrevía a preguntarle, tan solo me limite a mirarle a los ojos con una recién estrenada mirada pícara. Surgió efecto, por que antes de llegar a la puerta, sentí su cálida mano debajo de vestido acariciando con hambre mis muslos y mi culo.
Sentí su cálido aliento en mi nuca y con una sugerente voz me preguntó:
-¿Por qué yo Ingrid?...
- ¿Y por qué no?
La pregunta me sentó como un jarro de agua fría, ¡¡este tío definitivamente debe ser estúpido!!...su inapropiada pregunta barrió de un plumazo mi excitación... me daba igual, yo no estaba enamorada, tan solo quería perder la dichosa virginidad... quería sexo y lo quería ya, aunque dudaba mucho de mi elección. Dudaba que él fuera el candidato perfecto.
Con carantoñas inventadas lo tumbé en mi cama. Me senté a horcajadas encima de él y mientras introducía mi lengua en su boca, un instinto desconocido se apodero de mí y sin pensar demasiado actué mecánicamente. Observaba su reacción mientras mi boca recorría su cuello.
Su piel se estremeció al sentir mis caricias sobre él, noté su calidez pero también el nerviosismo de la primera vez que él pretendía ocultar. Con el ansia del principiante fue buscando sin preámbulos mi sexo. Introdujo torpemente sus dedos entre mis braguitas hasta encontrar lo que él quería. Aquellas torpes e inesperadas caricias me hicieron estremecer iniciando el camino hacia la excitación.
Poco a poco sus dedos acariciaron mi clítoris dormido, suspiré con aquellas caricias que consiguieron aumentar mi excitación. Eran cada vez más rápidas. Me dejé llevar y mis fuerzas flaquearon. Sin darme cuenta, me dio la vuelta quedando mi espalda pegada al colchón. A mi lado se encontraba su cuerpo, sus manos levantaron mi vestido y con deseo bajó mis braguitas hasta mis pies. Sus dedos recorrieron mis piernas y se detuvieron en las ingles.
En aquel breve momento tomé una decisión, me dejaría llevar por él para poder sentir con mayor intensidad. No cruzamos ni una sola palabra mientras él se desvestía con rapidez dejando su miembro libre, un pene con grandes signos de erección.
Volvió a recostarse a mi lado. Sus dedos se fueron colando despacio entre mis piernas a la vez que yo las abría para él. Mientras acariciaba mi clítoris torpemente, me iba besando el vientre. Sus caricias aunque inexpertas, consiguieron su finalidad, excitarme. Mis jadeos eran más rápidos y mi respiración se aceleraba, notaba una extraña sensación, como si mi cuerpo fuera a estallar de placer.
Sacó sus dedos de mi clítoris, y se situó encima de mí. Noté la completa erección de su pene entre mis piernas y como despacio iba buscando mi coño húmedo. Fue moviéndose poco a poco hasta que al final consiguió hacerse hueco dentro de mí, un pequeño dolor interior, me hizo saber que por fin había perdido la dichosa virginidad. Entre sus insistentes empujones, mi intensa excitación y el leve dolor, llegó nuestro primer orgasmo.
Mi madre estaba equivocada, aquello no era malo, ni un suplicio. A pesar del leve dolor por la perdida de la virginidad, la primera penetración, me había gustado y tras esta, vislumbraba un mundo abierto para mí, aun sin descubrir. Algo que lejos de asustarme, me excitaba al pensar en las múltiples posibilidades que se me abrían.